...EL GRAN DICTADOR...DISCURSO...CHARLES CHAPLIN...

miércoles, 24 de junio de 2009

¡...LÉEME,ABUELITO,LÉEME...!


Sus ojos se humedecieron con lágrimas espontáneas mientras Nicole ascendía a su regazo y se acomodaba contra su pecho. Su pelo acabado de lavar y secar, olía a limón. Palpó su mejilla suavemente, mientras ella descendía. Con ojos claros de color azul-verdoso, ella contempló su rostro con expectación, le acercó el raído y familiar libro de cuentos y dijo: "¡Léeme abuelito, léeme!"

"Abuelito" Víctor ajustó cuidadosamente sus anteojos, aclaró su garganta y comenzó a leer la acostumbrada historia. Nicole sabía las palabras de memoria y con emoción "leía" al unísono. A cada rato él omitía una palabra: ella delicadamente le rectificaba. "No, abuelito, no es eso lo que dice, intentemos de nuevo para que lo hagamos bien".

Ella no tenía idea de cómo su pureza de corazón enternecía su alma o cómo su simple confianza en él, lo conmovía.

La infancia de Víctor había sido diferente, caracterizada por una violenta existencia, recrudecida por un padre distante y exigente. Desde sus cinco años, su padre le hacía trabajar los campos de sol a sol. Los recuerdos de su niñez, a veces se prolongan para acarrear ira y dolor.

Esta primera nieta, sin embargo, trajo gozo y luz a su vida en tal magnitud que desplazó su propia infancia. Él retribuyó su amor y fe con gentileza y dedicación, proporcionando a su mundo seguridad y protección sin medida. La relación entre ambos se conservó siempre. Para Nicole, la misma le proveyó un cimiento para la vida. Para Víctor, sanó un pasado de dolor.

"¡Léeme abuelito, léeme!"

sábado, 20 de junio de 2009

...AZAR...


En este país, la moneda toma las decisiones.

...EL ENGAÑO...


La vi por Avenida Copayapu. La seguí por todo el Parque
El Pretil. Allí me cagó sobre la hierba. Por eso odio las
palomas de Copiapó.

viernes, 19 de junio de 2009

...SOY YO MISMO...


Yo cuento que una de las más hondas necesidades del corazón humano es la de ser apreciado. Todo ser humano desea que lo valoren. No se trata de que todos nos tengan por seres maravillosos. Pero podríamos decir que toda persona quiere ser amada. Toda persona ansía vivamente que los demás la acepten, y que la acepten verdaderamente por lo que ella es. Nada hay en la vida humana que tenga efectos tan fatales y duraderos como la experiencia de no ser aceptado plenamente. Cuando no se me acepta, algo queda roto dentro de mí. Una vida sin aceptación es una vida en la que deja de satisfacerse una de las necesidades más primordiales. Ser aceptado quiere decir que las personas con quienes vivo me hacen sentir que realmente valgo y soy digno de respeto. Ser aceptado significa que me permitan ser como soy. No tengo, pues, que pasar por alguien que no soy. Y que no me tienen fichado por lo que he hecho en el pasado; que me dejan campo libre para desplegar mi personalidad, para enmendar mis errores pasados y progresar. Sólo cuando soy amado, en ese sentido profundo de la plena aceptación, puedo llegar a ser realmente yo mismo. Queda claro que necesito de la aceptación de los demás para alcanzar la plenitud de mi personalidad. Un hombre aceptado es un hombre feliz. Podemos decir que aceptar a una persona es, no darle motivo nunca para que se sienta poca cosa. No esperar nada de alguien es como matarlo o hacerlo estéril...

jueves, 18 de junio de 2009

...PROFESOR ENTRE CORCHOS...SENSIBLIDAD Y COMUNICACIÓN...


Sí…en la vida hay muchos profesores, todos tenemos el recuerdo de aquellos que pasaron muchos días instruyéndonos para que seamos hoy personas con conocimiento, es una labor muy especial que deja un sabor maravilloso por cumplir esa labor tan gratificante, pero aun ellos necesitan aprender de los que tienen más experiencia y en este mensaje vemos qué tremenda enseñanza le dan a una Maestra, tomemos este recuerdo y veremos óptimos resultados.

Hace años, un Supervisor Educacional visitó una escuela primaria. En su recorrida observó algo que le llamó poderosamente la atención, una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio, los alumnos hacían gran desorden; el cuadro era caótico. Decidió presentarse: - Permiso, soy el Supervisor del colegio ¿algún problema? - Estoy abrumada señor, no sé que hacer con estos chicos... No tengo láminas, el Ministerio NO ME MANDA MATERIAL DIDÁCTICO, no tengo nada nuevo que mostrarles ni que decirles... El Supervisor, que era un docente de alma, vio un corcho en el desordenado escritorio. Lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos: - ¿Qué es esto? - Un corcho señor... -gritaron los alumnos sorprendidos. - Bien, ¿De dónde sale el corcho? - De la botella señor. Lo coloca una máquina.., del alcornoque, de un árbol .... de la madera..., - respondían animosos los niños. - ¿Y qué se puede hacer con madera?, -continuaba entusiasta el docente. - Sillas..., una mesa..., un barco... - Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué Región Chilena pertenece. ¿Y cuál es el otro puerto más cercano? ¿A que país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este lugar? - Y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión, etc. La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida: - Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas Gracias. Pasó el tiempo. El Supervisión volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden... - Señorita... ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí? - Si señor, ¡cómo olvidarme! ¡Qué suerte que regresó!No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?
Yo mismo puedo dar a conocer un testimonio que marcó mi vida laboral cotidiana como Docente de Aula.
Durante un año tuve una estudiante que se comportaba de forma inadecuada.
Esta historia empieza el primer día de trabajo.
Cuando ingresé a dar mi primera clase en el Segundo Medio A, me topé con un grupo de estudiantes con un espíritu rebelde y de indiferencia.
No fue difícil identificar a la líder, que a propósito era una señorita muy inteligente.
Cada vez que entraba a la aula de clases esta señorita de nombre Sandra, empezaba a inquietar al resto de alumnos, se paseaba por la sala sin pedir permiso, en pocas palabras hacía lo que le daba la gana.
Mi posición frente a ella era la de ponerle en su sitio y disciplinarla. Pero esto no calmaba para nada a esta señorita.
Un día ya cansado de reprenderle me hice una pregunta ¿Cómo puedo cambiar la actitud negativa de Sandra?
Gracias a Dios se me ocurrió una idea genial, pedí a todos los alumnos que fueran a la biblioteca, que yo les llamaría uno por uno para conversar con ellos.
Mientras iba conversando con cada uno de mis estudiantes me di cuenta que Sandra influenciaba a todos muy sutilmente.
Llegó el momento de conversar cara a cara sin ningún testigo con esta estudiante.
Se sentó frente a mí, me miró a los ojos como desafiándome y esperando que le rete, pero se topó con la sorpresa que su profesor le pedía disculpas por tratarle en forma enérgica y a veces tosca.
Luego le dije que ella era una mujer muy inteligente y que ella sería un gran líder, que Dios la había escogido para influir en muchas personas, pero que necesitaba ir tallando su carácter y que debía cambiar de actitud si quería llegar a ser muy importante.
Cuando de pronto su rostro altivo se transformó y empezó a llorar y dijo discúlpeme por comportarme tan mal con usted, he tenido problemas en todos los colegios en que he estado por mi forma de ser.
Mientras ella lloraba mi corazón se quebrantó y empecé a llorar con ella.
Fueron unas lágrimas hermosas porque desde ese día en el aula todo empezó a cambiar porque ella y yo nos comunicamos y nos perdonamos.
Cuando bajamos de nuestro pedestal y nos volvemos humildes, además de recordar que cada persona tiene emociones y sentimientos que sufren, lloran, ríen, que son sensibles, pueden ocurrir milagros.
Es hora de comunicarnos deponiendo actitudes y dando lugar al perdón.

miércoles, 17 de junio de 2009

¿...DESEA USTED ALGO...?


«¿Desea usted algo?» La pregunta era natural y un tanto trivial. Es la pregunta que la Asesora del Hogar le hace a la dueña de casa cuando ésta toca el timbre. Es la pregunta que nos hace todo dependiente de comercio cuando nos acercamos al mostrador. Es la pregunta que el soldado le hace al coronel cuando éste lo llama.
Pero en este caso la pregunta no era trivial. Se la hicieron a Jean Pierre Velásquez, de cuarenta y dos años de edad. Y quienes la hacían eran los guardias de una prisión norteamericana, mientras llevaban a Velásquez a la cámara de inyección letal. El hombre, cínico como siempre, respondió: «Sí, tráiganme una rubia y un helicóptero.»
Este hombre, ejecutado por tres homicidios, jugó cínicamente en la vida. Desprovisto de reverencia alguna, haciendo alarde de ateísmo, sin respeto a nada ni a nadie fuera de su propio egoísmo, vivió en el delito desde los veinte años de edad. A los cuarenta mató a una pareja y al hijito de ambos, a fin de robarles. Después trató de eliminar a un testigo ocular, y el intento se vio frustrado. Así terminó sus días, en la mayor frialdad.
Hay personas que, al igual que este hombre, no saben lo que es pudor, ni dignidad, ni honorabilidad ni vergüenza. Quizá no lleguen al extremo de matar al prójimo, pero hacen, como quiera, gala de despreocupación moral, de cinismo indiferente, de callosidad de conciencia, de insensibilidad espiritual. Si se les pregunta: «¿Desea usted algo?», son capaces de dar la misma respuesta de Velásquez, y con el mismo cinismo descarado: «Sí, una rubia y un helicóptero.»
Para personas así, la vida no es más que placeres sensuales, ganancias materiales, ateísmo artificial, y subir por la escala de la sociedad a costa del prójimo, sacrificando cualquier principio moral o cualquier sentimiento emocional.

martes, 16 de junio de 2009

...INOCENCIA PERDIDA...


Fue una conversación muy emotiva entre madre e hijo, una conversación realizada por teléfono en una de las grandes ciudades del mundo. El hijo, de treinta y siete años de edad, lloraba. Lloraba como cuando era niño.
—¿Qué hago, mamá, qué hago? —decía entre sollozos.
Y la madre, sollozando también, y con el alma partida en dos, sin hallar una palabra de consuelo le dijo:
—Antes que sigas matando gente, hijo, pídele perdón a Dios por lo que has hecho, y pégate un tiro.
A los diez segundos, la madre oyó en su auricular el disparo. Se trataba de Pedro Espinoza, hijo de Sara Campos. Pedro había matado a cuatro personas, y estaba encerrado en su apartamento, rodeado de policías. Había perdido toda esperanza.
He aquí otro drama de pasiones descontroladas. Pedro Espinoza, loco de celos, había matado a su esposa y a tres personas más. Luego se había encerrado en su apartamento, y desde allí había llamado desesperadamente a su madre. La anciana, con el corazón desgarrado, no le dio más consejo que: «Pégate un tiro.»
Cuando se ha esfumado toda esperanza, nuestras decisiones nunca son racionales. Cuando hemos perdido la fe, hemos perdido también el rumbo. Sin fe y sin esperanza no sabemos qué hacer. Cuando no tenemos luz ni guía el mundo nos parece un gigantesco laberinto. Todo lo que hacemos y pensamos nos confunde y nos trastorna. Somos como un barco en alta mar sin brújula y sin timón. Esa es la vida del que no tiene esperanza. Esa es la vida del que no tiene fe.
Sin embargo, nadie en este mundo tiene que vivir sin fe. Al contrario, la fe es parte natural del ser humano. Nacimos con fe. Nacimos con la capacidad de confiar. Si así no fuera, ningún bebé sobreviviría. La fe es parte de nuestra herencia divina.
¿Qué es entonces lo que nos ocurre? Que con los años y las traiciones, con las mentiras y los artificios, nos volvemos ariscos. Perdemos la candidez, perdemos la inocencia. Se nos va la fe. Le tenemos miedo a todo, y nuestra vida entera es un constante huir.