...EL GRAN DICTADOR...DISCURSO...CHARLES CHAPLIN...

sábado, 4 de julio de 2009

¿...POR QUÉ SE SUICIDA LA GENTE...?


Jorge Mistral, el conocido actor mexicano, se quitó la vida. La noticia pareció increíble. El, que aparentemente lo tenía todo: fama, fortuna, amor, admiración y talento, no quiso seguir viviendo. ¿Por qué no pudo lograr la felicidad?
Muchos piensan que la felicidad hay que buscarla en las cosas simples, en los hechos de cada día, y así poder decir al final de la vida lo mismo que Amado Nervo: “Amé y fui amado, el sol acarició mi faz, vida no me debes nada, vida, estamos en paz”. Quizá otros piensen que el secreto está en captar a cada instante los placeres que da la vida.

La conocida folklorista Violeta Parra que cantó su singular “Gracias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la risa y también el llanto” quizá pensó en su momento que así encontraría la felicidad, pero a Violeta Parra el agradecerle a la vida no le dio fuerzas para llegar hasta el fin y ella misma puso término a su vida.
El éxito, la fama, el amor y el dinero, no son capaces de evitar que se enfermen y mueran nuestros seres queridos.
¿Es que entonces no existe la felicidad? Un señor me dijo: “Yo siempre pensé que cuando obtuviera mi título universitario, tuviera una esposa, mi propio hogar, y un automóvil lograría la felicidad. Lo tuve todo y nunca me sentí feliz.”
¿Por qué es infeliz el hombre? ¿Por qué quiere quitarse la vida? El hombre no tiene felicidad porque no tiene paz.
La felicidad no la encontramos en las cosas materiales, sino que está dentro de nosotros mismos, y la paz es la entereza para afrontar todos los problemas de la vida. Pero ¿quién tiene esa entereza?

¿...VIOLENCIA FAMILIAR...?


Eran tres niños, hermanitos los tres, de seis, siete y ocho años de edad. Con ojos aterrorizados y temblando de miedo, no podían dejar de mirar. ¿Qué estaban mirando? Veían cómo su padre le daba una paliza brutal a su madre. La escena la describe un diario de América Latina.
El hombre enfurecido, a la vista de sus tres hijitos, golpeaba brutalmente a su esposa. ¿Cuál era la causa? Nadie sabe. Los niños sólo decían: «Papá estaba muy enojado.» Pero una palabra lo describe todo: violencia.
La violencia doméstica, aunque en la vida diaria no es nada nuevo, en las crónicas de los diarios y en los tribunales sí lo es. Es algo que ha recrudecido en las últimas décadas. Y esta crónica nos obliga a tocar dos puntos: la violencia entre padres, y su efecto en los hijos.
Algunos dicen que la violencia familiar la incita la familia misma, pero eso es ver el asunto de una manera superficial. La violencia nace en el corazón. Está adentro de uno como lo estaba en el corazón de Caín, y sólo necesita una muy pequeña provocación para estallar.
Decimos que es culpa de la mujer, o de los hijos, o del jefe o de otro, pero no lo es. Procede del corazón herido y confundido que vierte su frustración sobre los que están más cerca. Cuando el tronco está malo, todo el árbol lo está. Cuando el corazón vive en amargura, la persona en la que late reacciona con violencia.
¿Y qué de los hijos? No hay nada en todo el mundo que frustre y confunda y atemorice más al niño que ver a sus padres peleándose, especialmente cuando son encuentros violentos. Y si la criatura tiene dos, tres o cuatro años de edad, esos disgustos tienen efectos desastrosos que afectan toda su vida. Un sociólogo investigador dijo: «Cuanto más violenta es la pareja, de las que hemos entrevistado, más violentos son los hijos.» Por cierto, la violencia en los padres viene de la violencia en los progenitores de ellos.

miércoles, 24 de junio de 2009

¡...LÉEME,ABUELITO,LÉEME...!


Sus ojos se humedecieron con lágrimas espontáneas mientras Nicole ascendía a su regazo y se acomodaba contra su pecho. Su pelo acabado de lavar y secar, olía a limón. Palpó su mejilla suavemente, mientras ella descendía. Con ojos claros de color azul-verdoso, ella contempló su rostro con expectación, le acercó el raído y familiar libro de cuentos y dijo: "¡Léeme abuelito, léeme!"

"Abuelito" Víctor ajustó cuidadosamente sus anteojos, aclaró su garganta y comenzó a leer la acostumbrada historia. Nicole sabía las palabras de memoria y con emoción "leía" al unísono. A cada rato él omitía una palabra: ella delicadamente le rectificaba. "No, abuelito, no es eso lo que dice, intentemos de nuevo para que lo hagamos bien".

Ella no tenía idea de cómo su pureza de corazón enternecía su alma o cómo su simple confianza en él, lo conmovía.

La infancia de Víctor había sido diferente, caracterizada por una violenta existencia, recrudecida por un padre distante y exigente. Desde sus cinco años, su padre le hacía trabajar los campos de sol a sol. Los recuerdos de su niñez, a veces se prolongan para acarrear ira y dolor.

Esta primera nieta, sin embargo, trajo gozo y luz a su vida en tal magnitud que desplazó su propia infancia. Él retribuyó su amor y fe con gentileza y dedicación, proporcionando a su mundo seguridad y protección sin medida. La relación entre ambos se conservó siempre. Para Nicole, la misma le proveyó un cimiento para la vida. Para Víctor, sanó un pasado de dolor.

"¡Léeme abuelito, léeme!"

sábado, 20 de junio de 2009

...AZAR...


En este país, la moneda toma las decisiones.

...EL ENGAÑO...


La vi por Avenida Copayapu. La seguí por todo el Parque
El Pretil. Allí me cagó sobre la hierba. Por eso odio las
palomas de Copiapó.

viernes, 19 de junio de 2009

...SOY YO MISMO...


Yo cuento que una de las más hondas necesidades del corazón humano es la de ser apreciado. Todo ser humano desea que lo valoren. No se trata de que todos nos tengan por seres maravillosos. Pero podríamos decir que toda persona quiere ser amada. Toda persona ansía vivamente que los demás la acepten, y que la acepten verdaderamente por lo que ella es. Nada hay en la vida humana que tenga efectos tan fatales y duraderos como la experiencia de no ser aceptado plenamente. Cuando no se me acepta, algo queda roto dentro de mí. Una vida sin aceptación es una vida en la que deja de satisfacerse una de las necesidades más primordiales. Ser aceptado quiere decir que las personas con quienes vivo me hacen sentir que realmente valgo y soy digno de respeto. Ser aceptado significa que me permitan ser como soy. No tengo, pues, que pasar por alguien que no soy. Y que no me tienen fichado por lo que he hecho en el pasado; que me dejan campo libre para desplegar mi personalidad, para enmendar mis errores pasados y progresar. Sólo cuando soy amado, en ese sentido profundo de la plena aceptación, puedo llegar a ser realmente yo mismo. Queda claro que necesito de la aceptación de los demás para alcanzar la plenitud de mi personalidad. Un hombre aceptado es un hombre feliz. Podemos decir que aceptar a una persona es, no darle motivo nunca para que se sienta poca cosa. No esperar nada de alguien es como matarlo o hacerlo estéril...

jueves, 18 de junio de 2009

...PROFESOR ENTRE CORCHOS...SENSIBLIDAD Y COMUNICACIÓN...


Sí…en la vida hay muchos profesores, todos tenemos el recuerdo de aquellos que pasaron muchos días instruyéndonos para que seamos hoy personas con conocimiento, es una labor muy especial que deja un sabor maravilloso por cumplir esa labor tan gratificante, pero aun ellos necesitan aprender de los que tienen más experiencia y en este mensaje vemos qué tremenda enseñanza le dan a una Maestra, tomemos este recuerdo y veremos óptimos resultados.

Hace años, un Supervisor Educacional visitó una escuela primaria. En su recorrida observó algo que le llamó poderosamente la atención, una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio, los alumnos hacían gran desorden; el cuadro era caótico. Decidió presentarse: - Permiso, soy el Supervisor del colegio ¿algún problema? - Estoy abrumada señor, no sé que hacer con estos chicos... No tengo láminas, el Ministerio NO ME MANDA MATERIAL DIDÁCTICO, no tengo nada nuevo que mostrarles ni que decirles... El Supervisor, que era un docente de alma, vio un corcho en el desordenado escritorio. Lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos: - ¿Qué es esto? - Un corcho señor... -gritaron los alumnos sorprendidos. - Bien, ¿De dónde sale el corcho? - De la botella señor. Lo coloca una máquina.., del alcornoque, de un árbol .... de la madera..., - respondían animosos los niños. - ¿Y qué se puede hacer con madera?, -continuaba entusiasta el docente. - Sillas..., una mesa..., un barco... - Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué Región Chilena pertenece. ¿Y cuál es el otro puerto más cercano? ¿A que país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este lugar? - Y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión, etc. La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida: - Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas Gracias. Pasó el tiempo. El Supervisión volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden... - Señorita... ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí? - Si señor, ¡cómo olvidarme! ¡Qué suerte que regresó!No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?
Yo mismo puedo dar a conocer un testimonio que marcó mi vida laboral cotidiana como Docente de Aula.
Durante un año tuve una estudiante que se comportaba de forma inadecuada.
Esta historia empieza el primer día de trabajo.
Cuando ingresé a dar mi primera clase en el Segundo Medio A, me topé con un grupo de estudiantes con un espíritu rebelde y de indiferencia.
No fue difícil identificar a la líder, que a propósito era una señorita muy inteligente.
Cada vez que entraba a la aula de clases esta señorita de nombre Sandra, empezaba a inquietar al resto de alumnos, se paseaba por la sala sin pedir permiso, en pocas palabras hacía lo que le daba la gana.
Mi posición frente a ella era la de ponerle en su sitio y disciplinarla. Pero esto no calmaba para nada a esta señorita.
Un día ya cansado de reprenderle me hice una pregunta ¿Cómo puedo cambiar la actitud negativa de Sandra?
Gracias a Dios se me ocurrió una idea genial, pedí a todos los alumnos que fueran a la biblioteca, que yo les llamaría uno por uno para conversar con ellos.
Mientras iba conversando con cada uno de mis estudiantes me di cuenta que Sandra influenciaba a todos muy sutilmente.
Llegó el momento de conversar cara a cara sin ningún testigo con esta estudiante.
Se sentó frente a mí, me miró a los ojos como desafiándome y esperando que le rete, pero se topó con la sorpresa que su profesor le pedía disculpas por tratarle en forma enérgica y a veces tosca.
Luego le dije que ella era una mujer muy inteligente y que ella sería un gran líder, que Dios la había escogido para influir en muchas personas, pero que necesitaba ir tallando su carácter y que debía cambiar de actitud si quería llegar a ser muy importante.
Cuando de pronto su rostro altivo se transformó y empezó a llorar y dijo discúlpeme por comportarme tan mal con usted, he tenido problemas en todos los colegios en que he estado por mi forma de ser.
Mientras ella lloraba mi corazón se quebrantó y empecé a llorar con ella.
Fueron unas lágrimas hermosas porque desde ese día en el aula todo empezó a cambiar porque ella y yo nos comunicamos y nos perdonamos.
Cuando bajamos de nuestro pedestal y nos volvemos humildes, además de recordar que cada persona tiene emociones y sentimientos que sufren, lloran, ríen, que son sensibles, pueden ocurrir milagros.
Es hora de comunicarnos deponiendo actitudes y dando lugar al perdón.